Desarrollo Profesional

Autor: Magdalena Frontaura, Natalia Cancino
Año: 2022


En 2007, a sus 27 años, y como artista visual, Patricia se encontraba en México estudiando un magíster en escultura, pues le interesaba la intervención del arte en lo público, lo social, y se fue al país donde se encuentran las esculturas e intervenciones ‘in situ’ de los artistas más notables del mundo. Allá, la contingencia nacional chilena -el gobierno de la primera presidenta mujer, Michelle Bachellet y la movilización estudiantil, más conocida como ‘Revolución Pingüina”- la inspiraron tanto que decidió regresar al país y aportar su granito de arena a lo que exigían los y las jóvenes: educación de calidad. 

Patricia no cree haberse alejado de lo que a sus 18 años la entusiasmaba. Si bien el arte y la dirección TP pueden parecer disciplinas muy distintas, ella tiene un análisis distinto: para hacer una escultura, hay que tener muy claro el proceso y lo que que se quiere comunicar, hacer muchos bocetos, probar diversos materiales y ver cuáles se ajustan mejor al resultado final al que se busca llegar y a lo que se intenta transmitir.  “Así como tuve un cuaderno de artista de bocetos, tengo mi cuaderno de directora donde guardo los procesos que voy viviendo antes de tomar una decisión de gestión”, dice.

El primer acercamiento de Patricia a la docencia fue con Enseña Chile, institución que invita a profesionales de diversas disciplinas para que trabajen como docentes por dos años, con la esperanza de transformar las salas de clases más desafiantes del país. Con toda esa inspiración de contribuir al desarrollo de la educación, Patricia se topó con una dura realidad en el colegio que le asignaron, ubicado en la comuna de Puente Alto (RM). Esta experiencia fue clave y sembró en ella la inquietud de poder enseñar, educar y gestionar un establecimiento con profesionalismo y vocación, entregando una educación de altas expectativas para los y las estudiantes. “Tengo que sacar la docencia y ser directora”, se dijo. 

Con tal determinación en dos años sacó la pedagogía en Lenguaje y Comunicación de manera vespertina. Pensó que el camino -desde obtener el título a llegar a ser directora- iba a ser largo, pero luego de cinco años trabajando en Liceo San Luis Beltrán de Pudahuel, y tras participar del proceso de Alta Dirección Pública, le ofrecieron el puesto que tanto anhelaba en una de las comunas con mayor porcentaje de pobreza en la Región Metropolitana. “Me sentí súper sola porque yo no sabía nada de lo que significaba ser directora, me tuve que hacer un archivador, lo imprimí y comencé a leer”, manifestó Patricia, quien se define como una directora autodidacta. 

Patricia ha vivido situaciones desafiantes, como aquella vez que un camión se robó “literalmente todo” el equipamiento del liceo; o cuando se enfrentó con un 38% de aprobación en la evaluación que le hicieron los docentes. “Me quería morir”, dice, pero tras varios análisis personales entendió que se había centrado mucho en la convivencia escolar y la cultura del establecimiento y poco en los procesos académicos o análisis de resultados. Y, como buena autodidacta, se centró en mejorarlo de manera rigurosa. Hoy tiene un 98% de aprobación por parte de su equipo docente. 

Como directora, Patricia busca impulsar proyectos que sean un aporte para la comunidad. Recuerda con orgullo cuando, junto a la empresa internacional Ericsson y los estudiantes de la especialidad de Telecomunicaciones del Colegio San Luis Beltrán, crearon un sistema para iluminar con internet la población colindante al establecimiento; brindándoles también la posibilidad de acceder a wifi.  Sin embargo, ella destaca que una de las experiencias más enriquecedoras sucedió en 2015, cuando, debido a la confusión que existía en los apoderados por cómo realizar la declaración de impuestos al Servicio de Impuestos Internos -por lo que acudían al liceo en busca de ayuda-, se determinó que los estudiantes de la especialidad de contabilidad ayudarían anualmente a los apoderados en este proceso como parte de su programa, ayudando directamente a la comunidad educativa.  

“Las cosas van a pasar, sí, lo importante es cuándo y cómo”. Este fue el mejor consejo que recibió Patricia y lo recuerda cada vez que intenta impulsar nuevas iniciativas. Así, su sueño es que, de acá a 6 años, el liceo pueda recibir estudiantes con capacidades distintas, valorando a cada persona, potenciando sus distintas habilidades y sueños personales, dándoles la posibilidad de desarrollarse en el mundo laboral. 

Mirando atrás esa etapa en que aún era una artista visual, Patricia dice que habría elegido el mismo camino, reiterando con fuerza que se necesitan muchas más personas que sientan la convicción de entregar sus habilidades y conocimientos como adultos referentes para que jóvenes, niños y niñas puedan elegir un futuro mejor. 


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